Hasta qué punto las sociedades están dispuestas a asumir los riesgos que supone forzar los cambios en la autoorganización de la naturaleza tiene mucho que ver con el analfabetismo ecológico de las mayorías sociales que han interiorizado en sus esquemas mentales unas inviables nociones de progreso, de bienestar o de riqueza que resultan enormemente funcionales para el sostén de los privilegios.
Una educación enfocada a la resolución de los problemas sociales, económicos y ecológicos, una educación que se vuelque en la consecución del bienestar para todos y todas, no puede obviar la situación de previsible colapso civilizatorio en la que podemos incurrir si no somos capaces de impulsar, con urgencia, importantes cambios económicos, culturales y sociales.
Es preciso educar para la adquisición y conciencia de una identidad «terrícola»; para conocer la historia y evolución del territorio y los eco-sistemas; comprender la organización cíclica que permite la regeneración y el mantenimiento de la vida; aprender a vivir con una reducción significativa de la energía utilizada; visibilizar, valorar y repartir el cuidado y reproducción de la vida humana… Es imprescindible entender, desarrollar y enseñar las implicaciones centrales de la insostenibilidad, obviamente también desde la educación.
El reto es garantizar las condiciones de vida digna para todos los seres humanos en una contexto de contracción material, sabiendo, además, que compartimos el planeta con el resto del mundo vivo y que habrá generaciones futuras que también deben caber en la Tierra. Esto obliga a cambiar la mirada sobre la realidad material, promover una cultura de la suficiencia (como derecho y obligación)
y de la redistribución y el reparto.
Aceptando que la forma de abordar estos problemas con la infancia y las personas más jóvenes no puede ser igual que con las personas adultas, entendemos que no se les puede mantener en la ignorancia. Se trata de su mundo, del presente y del futuro. No podemos negarles este conocimiento y la capacidad de elegir cómo actuar ante él, siempre dejando claro que existen salidas posibles.
Los movimientos sociales, las pedagogías emancipadoras, la educación ambiental o el movimiento altermundista puede servir de inspiración en esta tarea de educativa. De forma más reciente, la educación ecosocial constituye una vía por la que avanzar.